1 feb. 2020

El dorsal 777


El maratón es sufrimiento, agonía, lucha… durante 42 kilómetros, que pueden tornarse en sonrisas e incluso llantos de felicidad en los últimos 195 metros. O puede ser una tortura física y mental que se hace eterna, aunque sólo te estrelles contra el ‘muro’ unos kilómetros. Esto lo saben los maratonianos veteranos, los que ya lo han corrido en alguna ocasión. El maratón no tiene piedad con los que no lo respetan, con los que no saben qué es. El maratón es justicia en cierto modo. Y es muy de derechas, sólo ayuda a los más conservadores (con el ritmo), y premia a una élite muy reducida y que hace caja a costa del sufrimiento de los del vagón de cola. La vida misma.

Hoy, a Manolo Solís no le hubiera pasado lo que le ocurrió con 18 años en la primera edición del Maratón de Sevilla, allá por el 10 de marzo de 1985. Pocos años después llegó a parar el crono en 2h25, pero aquel día cometió la osadía de pretender correr un maratón al ritmo al que él solía hacer los 10 km.

Seguramente la gran mayoría de los poco más de 1.000 inscritos que hubo en la primera cita maratoniana sevillana no tenían ni la más remota idea de a qué se enfrentaban. Sólo algunos puristas ya iniciados como Javier Pérez Royo, uno de los padres de la prueba, y afamado catedrático de Derecho Constitucional, habían ido a Madrid a correr “Mapoma”. Pero un joven de Nerva (Huelva), aunque ya residente en Sevilla, comenzó la prueba en cabeza. Solís miraba sorprendido a su alrededor al resto de adversarios. Esos señores ya mayores, comparados con él, iban ‘rodando’ a 3’20-3’25 el kilómetro. Se vio tan sobrado que pasó por el kilómetro cinco escapado, liderando en solitario. Incluso pasó el km 10 en tercera posición.

“¡Dónde coño vas, chaval!” fue una de las cosas que más escuchó durante esos treinta y poco primeros minutos en boca de gente veterana y curtida como Francisco Medina, el vencedor ese día, el canario Damián Medina o Rodolfo Cárcaba, el segundo escalón de maratonianos patrios de aquella época, por detrás de clásicos como Vicente Antón (que ganó en Sevilla en 1986) o Sergio Fernández Infestas, García Tineo… que son los que allanaron el camino a generaciones gloriosas posteriores de los Serrano, Gavela, Fiz, Antón… Y un largo etcétera.

Solís estaba acostumbrado a correr a ‘tres pelados’ sobre asfalto, y aquel ritmo maratoniano le parecía una broma… Hasta que se estrelló con la distancia incluso antes que el temido muro del treinta y tantos. Su paso por el medio maratón ya fue un drama, y la cara de ilusión de aquel que se enfrenta con ingenuidad a lo desconocido tornó a estocazo y a deambular como zombi en aquellas calles desiertas hasta que se vino arriba en la recta de entrada a la Plaza de España. 

Se tomó el maratón como si fuera un diez mil. Y el maratón le devolvió unos 21 kilómetros hasta la meta de auténtica tortura. La cruzó con sus Tórtolas, míticas zapatillas que amortiguaban lo mismo que unas chanclas, en 3h08:11. 

El maratón tiene memoria, y más allá de aquel pecado de juventud, le ha dado un papel protagonista pero oculto a los ojos de los medios y las redes sociales. Él participó activamente en la creación y diseño del recorrido que devolvió la prueba al centro de Sevilla en 2012, y su trabajo en la sombra es y sigue siendo absolutamente indispensable en la organización de una carrera que ha logrado alcanzar su época dorada gracias a gente como él, que vive el atletismo (y lo que ahora se llama running o carreras por asfalto) con la misma pasión que un ultra disfruta de su equipo de fútbol detrás de una de las porterías. 

Ese #777 sigue hoy liderando a su manera el maratón hispalense, 35 años después, más allá de los 10 kilómetros iniciales, con ímpetu. Pero ahora Manolo lo conoce bien, tanto que ya le habla de tú, aunque durante unos años le habló de usted. 

Filípides estaría orgulloso de lucir ese dorsal, de correr en Sevilla, gracias a locos como Solís que tampoco le tuvieron ningún respeto a la distancia, y que lejos de pensar como los catetos cortoplacistas que nos rodean en esta ciudad, que hay muchos como en todas las ciudades, siempre vio con claridad que esta carrera era inmensa, y no por lo que mide, si no por lo que devuelve a la ciudad, y a las personas que lo llevan dentro, como él.

Nenikékamen, Manolo, hemos vencido.
Νενικήκαμεν 

1 comentario:

  1. Buen artículo, al maratón hay que respetarlo siempre si no los da con el mazo. Aunque 3:08 para haberse estrellado no está tan mal eh

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